Estamos en marzo y en 2014. Eso quiere decir que hace ya diez años de la peor masacre terrorista de la historia de España y de Europa. Diez años han pasado ya desde que sobre las siete y media de la mañana descubrimos a qué límite puede llevarnos el horror. Diez años desde que los habitantes del Corredor del Henares fuimos elegidos como víctimas de la barbarie. Diez años.
Han pasado ya diez años desde aquel 11 de marzo de 2004 y los recuerdos no se borran.
Recuerdo cómo a los pocos minutos de ocurrido el atentado, las noticias empezaron a llegar a la empresa. las conversaciones nerviosas y cómo unos y otros intentábamos saber algo más. Recuerdo llamar a mi familia para cerciorarme de que nadie de ellos iba en esos trenes. Esos trenes que hasta apenas un año antes había cogido mi hermano el menor para ir a clase, que yo mismo tomé durante años y que tantos y tantos vecinos del Corredor toman a diario para ir a sus puestos de trabajo o a estudiar en las universidades de Madrid.
Recuerdo la preocupación de los compañeros de trabajo que sabían que tenían algún familiar en los trenes y no podían contactar con ellos. La rabia y el dolor de todos. Recuerdo acudir a donar sangre al Hospital de Alcalá junto a otro compañero y tener que darnos la vuelta ante la gran cantidad de gente, casi todos estudiantes de la Universidad junto a Hospital, que hacían cola ante las unidades de transfusión.
Recuerdo las noticias, el Ministro del Interior y los líderes de los distintos partidos políticos, todavía a esas horas de la mañana culpando a ETA del atentado. Recuerdo las noticias sobre la furgoneta que había aparecido junto a la Estación de Alcalá. Recuerdo la ansiedad de la espera, de querer saber más. Recuerdo las primeras noticias contradictorias y las primeras voces que se alzaban contra la versión oficial del atentado.
Recuerdo cuando finalmente nos enteramos de que sí, de que había alguien en los trenes al que conocíamos y al que le había tocado.
Recuerdo a Aznar definiendo a aquel día como el día de la infamia. Qué lejos estábamos de imaginar que nos esperaban centenares de días de la infamia desde entonces. Recuerdo que el 12 de marzo intentamos ir a la manifestación de Madrid. Diluviaba, como si también la naturaleza estuviera de luto ese día. Recuerdo que ni siquiera pudimos salir de la estación de Metro, tal era la muchedumbre que colapsaba las calles de la capital. Para entonces ya había aparecido la mochila con explosivo en la comisaría de Vallecas y el ambiente se había enrarecido.
Recuerdo el día 13 de marzo; Telemadrid anuciaba a media tarde las primeras detenciones relacionadas con los atentados: islamistas que regentaban un locutorio y a los que se había llegado tirando de las pistas encontradas en la mochila de Vallecas. Ya no había duda, el Gobierno mentía y trataba de manipular el atentado. Recuerdo las multitudes cercando las sedes del PP, a Mariano Rajoy terriblemente asustado en televisión, sin duda dándose cuenta de que acababa de perder las elecciones y tal vez algo más. Recuerdo que a mí todo aquello me parecía una mascarada y que solo me creía ya a esas alturas los muertos. Desgraciadamente, ellos no eran de mentira.
Han pasado diez años. Las investigaciones condujeron a la detención de más de un centenar de personas de las que solo algo más de una veintena fueron finalmente acusadas de participar en una u otra medida en la preparación o en la comisión de los atentados. De todos ellos, unos serían finalmente absueltos y la gran mayoría condenados por pertenencia a banda armada o cooperación con organización terrorista, pero solo tres de ellos finalmente serían condenados por los atentados, uno como autor material, otro como suministrador de los explosivos y el tercero por formar parte del grupo que había ido a por ellos.
Y eso es todo: casi doscientos muertos y 2000 heridos y solo tres condenados. Solo un autor material. Es a lo que se reducen diez años de investigaciones. A estas alturas, tal y como reconoce el propio presidente del tribunal que juzgó los hechos, ni sabemos quién ordenó los atentados, ni sabemos quién los organizó, ni sabemos con qué explosivos se volaron los trenes . A día de hoy la mascarada no ha terminado y ahora parece estar en la fase en que se nos intenta convencer de que los atentados no fueron para tanto. El día de la infamia del que hablaba Aznar dura ya diez años.
Dios bendiga a las víctimas de los atentados del 11 de marzo de 2004.
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